Mi peor día encima la bicicleta

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Hola, soy Sergi Muñoz, sales manager de Retto. Durante más de 4 años estuve trabajando en una empresa de viajes ciclistas recorriéndome los puertos y carreteras más míticas del continente europeo. Tourmalet, Alpe d’Huez, Mortirolo, Stelvio, Gavia, etc. Hubo un día y un puerto que no olvidaré nunca. Mi peor día encima de la bici hasta la fecha.

[ Si quieres tener esta historia en tu ordenador, o imprimirla para leerla más adelante, puedes hacerlo desde aquí. En un formato y diseño único –> MI PEOR DIA ]

Todo empezó una tarde gris de un lunes del mes de junio en el pueblo alpino de La Clusaz, en Francia. Había sido un día largo conduciendo la furgoneta de asistencia durante horas. Todo había ido bien a pesar del frío que pasaron los ciclistas. Después de dejarlo todo listo para la etapa del día siguiente, decidí vestirme de ciclista y coger la bici para dar una vueltecita tranquila hasta lo alto del Col des Aravis.

Aquí podéis ver esta actividad: https://www.strava.com/activities/1022331451

Entrada Col des Aravis

Ya bajando el puerto, de vuelta al hotel, un hambre voraz me invadió el cuerpo. Después de una rápida ducha llegó la hora de cenar. Deberían ser las 19:30h. Y aquí puede que sea el comienzo de lo que iba a ser mi peor día encima de la bici al día siguiente. La cena se limitó a una especie de olla caliente con queso, un poco de pasta y una carne picada de origen indefinido. Me gustaría saber que nombre recibe ese plato para no pedirlo nunca más. Me fui a la cama con mucha hambre, aunque no le di ninguna importancia.

Deberían ser las 7 de la mañana del martes 6 de junio de 2017 cuando el despertador sonó. Empezaba otra jornada de ciclismo por los Alpes franceses. La etapa de hoy, de unos 130km, debería llevarnos de La Clusaz a La Chambre a través de 3 puertos de montaña que nos darían un total de casi 4.000m de desnivel positivo. Pero la mañana no empezó como me hubiera gustado.

Ya en el comedor, con la intención de tomar un buen desayuno, nos damos cuenta de que el hotel solo nos ofrecía unas tostadas de pan con mantequilla y unas lonchas de jamón. Bien para un domingo cualquiera de verano, pero para nada suficiente para el día lluvioso y frío de ciclismo que teníamos por delante. Y cuando digo frío, es frío. Ese frío que penetra hasta los huesos sin saber exactamente como y que parece que no entiende de capas de ropa y camisetas térmicas.

Deberían ser las 8:15h cuando decidimos atrasar la salida de la etapa debido a la lluvia, esperando que fuera a menos. Pero viendo que la cosa no pintaba mucho mejor, recomendamos a los clientes desplazar el inicio de etapa al pueblo de Flumet, al otro lado del valle. De esta forma atrasábamos la hora inicio esperando el buen tiempo además de que recortábamos la etapa en algo más de 30km y unos 1.000m de desnivel positivo.

Dicho y hecho, a las 9:30h empezábamos la etapa bajo un cielo muy gris, pero sin lluvia, en Flumet. Algo menos de 100km por delante y 3.000m de desnivel hasta La Chambre. Recuerdo ponerme bastante ropa ya que el día seguía frío y también recuerdo coger un plátano, alguna barrita energética y un gel. Aunque sinceramente, estaba bastante más preocupado por el frío que por la alimentación. El puerto de Col des Saises era nuestro primer obstáculo, 14,8km y 800m de desnivel positivo a una media del 5%. Deberíamos llevar 5 o 6 kilómetros cuando empezó a llover otra vez. La cara de los clientes lo decía todo, en su cabeza solo existía la opción de seguir pedaleando bajo la lluvia.

Increíbles vistas des del Col des Saises

Los clientes con los que solía trabajar eran americanos o australianos que habían pagado una cantidad de dinero muy elevada por viajar a Europa para disfrutar del ciclismo. No podían sacrificar días de bici debido a la mala meteorología, así que, en la medida de lo posible estaban dispuestos a pedalear bajo circunstancias en las que la gran mayoría de nosotros no nos plantearíamos ni salir a dar un paseo con el perro.

Pero todo tiene un límite. Los relámpagos no son amigos de las bicicletas de carbono y pueden resultar hasta peligrosos. Así que en lo alto del Col des Saises, nos subimos todos a las furgonetas de asistencia y seguimos la ruta dentro de los vehículos. En ese punto, recuerdo comerme el plátano y beber agua. No lo había hecho en todo el puerto ya que no fui capaz de sacar las manos del manillar porque tenía la sensación de que el aire y el agua se me filtraba por todos lados en cada movimiento.

Al llegar a Albertville, una de las poblaciones más grandes de esa zona de los Alpes franceses, para sorpresa de todos asomó el sol. Cuatro intermitentes, freno de mano y todos a vestirnos con ropa seca para seguir pedaleando hasta lo alto del gran Col de la Madeleine. Podríamos repasar los datos (25.3Km / +1588m / media 6.2%) pero creo que, si digo que según Lance Armstrong es uno de los puertos más duros en los que ha competido nunca, nos da una clara referencia del reto que supone.

Disfrute y sufrimiento a partes iguales en el Col de la Madeleine

Ropa seca, casco recto, gafas por fuera de las tiras del casco y todos encima de la bici para recorrer unos 20km a lo largo del valle hasta el pie del puerto. Nos iría bien para ir cogiendo temperatura otra vez. ¿Qué podía ir mal? El sol empezaba a calentarnos tímidamente y los ánimos estaban por las nubes. Parecía que el día solo podía ir a mejor.

El sol hacía acto de presencia, aunque tímidamente.

Paramos todos y nos quitamos manguitos, gorras, perneras, chalecos… El sol calentaba lo suficiente como para afrontar el inicio del puerto como si en pleno verano estuviéramos. Los primeros 8km del puerto son duros, la media debe estar alrededor del 7% constante, sin descansos. Recuerdo perfectamente cómo compartí esos primeros kilómetros con un cliente a un ritmo muy bueno, disfrutando de la ascensión, pero sin dejar muchas balas en la recámara. Ah, por cierto, hace unas líneas que no digo nada de la alimentación, lo había olvidado, igual que lo hice ese día.

A unos 15km de la cima hay unos 3 o 4 km muy fáciles, prácticamente llanos, incluso con algunas zonas de bajada. Allí decidí dejar de seguir el ritmo de ese cliente ya que siguió apretando en la zona de bajada y yo noté que las fuerzas restantes ya no me iban a permitir seguir con ese ritmo hasta arriba del puerto. Vi la furgoneta y decidí parar y esperar a otros clientes que iban por detrás mientras, ahora sí, comía algo. Una barrita energética y alguna cookie de chocolate. En ese punto mi compañero Adam me dijo: “Sergi, coge algo de ropa de abrigo, el tiempo arriba no pinta bien, ya está lloviendo y hace frío”. Obviamente le hice caso, él tenía más información que yo, y ya se veía que el sol no volvería a hacer acto de presencia.

Escondido el sol, vuelta de nuevo a luchar contra los elementos.

Pasados unos 10 minutos, decidí seguir pedaleando ya que parecía que los demás clientes aun estaban muy por detrás. En ese punto había un par de ciclistas por delante y 3 por detrás. Así que me lo tomé con calma, bajé mucho el ritmo y cogí frío. Paré y me puse la chaqueta que Adam me recomendó. Y aquí empezó mi calvario. La lluvia hizo acto de presencia, otra vez.

Deberían faltar unos 12km para terminar el puerto cuando vi a un cliente aproximarse. Él también había parado a ponerse ropa. En su Garmin me enseñó cómo la temperatura había bajado hasta los 7º. Deberíamos estar a unos 1.400m de altitud y la cima está a 2.000m. Nos advertimos de qué, arriba, el frío sería considerable. Y seguimos pedaleando juntos unos metros. Solo unos metros, ya que mis piernas decidieron no seguir generando más potencia. Seguí a mi ritmo, el cliente rápidamente me sacó muchos metros. Bajé la cabeza y vi que el pulsómetro marcaba unas 140ppm. En ese momento me di cuenta de que la famosa pájara ya era una realidad y que poco más podía hacer que seguir aplicando algo de fuerza a los pedales y tener paciencia.

La lluvia cada vez era más intensa y el agua más fría. Deberían faltar unos 10km de puerto cuando a lo lejos vi la furgoneta de asistencia parada en la cuneta. Baje 2 piñones, me puse de pie e intente avanzar con algo más de alegría para intentar alcanzar el furgón cuanto antes. Sabía que no me subiría por 9 km que faltaban, pero llegar hasta él lo sentía como si fuera casa. Al llegar, otra vez Adam, me ofreció un gel de cafeína y un poco de chocolate con la esperanza que el azúcar y la cafeína hicieran su trabajo para los 9km que faltaban.

Pero no fue así.

Últimos km antes de la ascensión final al puerto.

La hora más larga que pasaría encima de una bici había empezado. En ningún caso pensé que esos 9 kilómetros me llevarían más de 1h recorrerlos. 60 minutos bajo una lluvia intensa y fría. Se me pasó por la cabeza parar y poner algo de música en el móvil para hacer más llevadero el ascenso, pero no era capaz de moverme. La única parte de mi cuerpo que se movía, eran las piernas, y con una cadencia muy baja. Era incapaz de subir de las 140ppm. Algo había en mi cuerpo que parecía estar desconectado de los músculos.

Cada vez más mojado y cansado me paré a unos 5 o 6 km del final y miré hacia atrás. Los dos clientes que aún tenía por detrás de mí estaban a pocos metros de alcanzarme. Llamémosle orgullo, pero decidí intentar sacar las fuerzas que yo pensaba que aún tenía en las piernas y empecé a tirar más fuerte. Me duró unos cientos de metros, caí rendido. Ya nada más podía hacer. Sería el último en llegar a lo alto del Col de la Madeleine en mi primera ascensión a este coloso francés. Pero aún me quedaban 5 km.

Pensé: “venga Sergi, es como subir al Tibidabo (puerto mítico en la ciudad de Barcelona) un día cualquiera. Nada más. Los 20-25’ de rigor y listo”. Tenía claro que la bajada la haríamos en furgoneta, el frío era excesivo y ya no teníamos ropa seca para ponernos.

Y empezó a nevar.

En ese punto estaba empapado, congelado de frío, nevando, sin un ápice de fuerza y sabiendo que la furgoneta ya no la volvería a ver hasta la cima. Y lo que era peor, cuánto más tardara en llegar arriba, más me tendrían que esperar los clientes. Eso no lo llevé nada bien. Me puso una presión encima que terminó por destrozarme psicológicamente. Ya casi tiritando encima de la bici, viendo la cima a lo lejos, me puse a llorar de impotencia. No podía más. Necesitaba entrar en calor, comer y dejar la bici unos días. Pero aún me quedaban 4 días de ciclismo por delante. ¿Cómo iba a recuperarme de esto? Física y psicológicamente.

“aún me quedaban 4 días de ciclismo por delante” Dónde pude visitar otros puertos míticos, como el de Lacets.

Me había estudiado el puerto y sabía que los 2 últimos kilómetros eran más tendidos y me permitirían pedalear con menos resistencia. Pero aún estaba a 3 de la cima. Paré. Saqué el móvil y le mando un mensaje a mi compañero. Le dije que estaba bien pero que tardaría un pelín más de lo previsto. Mensaje que no recibió, supongo que debido a la cobertura. Me di cuenta de ello y me volví a subir a la bici con prisas. Tenía la sensación de que estaba tardando demasiado. Pedaleé con todas mis fuerzas, las pocas que quedaban hasta el último km del puerto, dónde todo lo vi más claro, más fácil, pero el frío seguía pegándome muy fuerte. Las cunetas de la carretera empezaban a acumular una fina capa de nieve.

Llegué a la cima, a los 2.000m de altitud del Col de la Madeleine y gracias a Dios el bar estaba abierto. Adam me recibió con un chocolate caliente, muy caliente. Me pregunto como estaba y le dije que muy mal, que me encontraba fatal. Cayeron 3 tazas de chocolate caliente en pocos minutos. Y cuando parecía que ya todos estábamos listos para irnos en furgoneta hacia el hotel, Adam y yo nos dirigimos otra vez fuera para cargar las bicicletas. No fui capaz. Empecé a temblar como nunca lo había hecho así que volví para adentro y me tomé otra taza de choco. Cuando mi compañero lo tuvo todo listo, me subí a la furgoneta y me quedé dormido hasta la llegada al hotel.

Más paisajes subiendo el puerto de la Madeleine.

Abrí la puerta de la habitación, tiré toda la ropa al suelo, me metí dentro de la ducha medio mareado y después de una ducha muy cortita con agua caliente, me puse a dormir. Después de un par de horas me despertaron para ir a cenar. No podía levantarme de la cama, pero sabía que al día siguiente me tenía que volver a subir a la bici y tenía que comer y mucho. No podía cometer el mismo error. De camino al restaurante, comentamos la jugada y sí, comentaron mi pájara. Normal, había sido épica. Merecía ser comentada. Me comí los entrantes, 1 pizza y media y 2 postres. Y dormí unas 10 horas. Había sido mi peor día encima de la bici y sufría porque se repitiera al día siguiente.

Estos son los números de la etapa: https://www.strava.com/activities/1023827421

Nos despertamos en Saint-Jean-de-Maurienne y teníamos otros 100km con más de 3.000m de desnivel por delante. Tostadas, huevos duros, mermelada, croissant…creo que no dejé de probar nada del buffet libre del hotel. Lo disfruté mucho, se me quitó el miedo escénico que eso sí, dejó mella en mí. Lo recuerdo como si fuera ayer. Pero como siempre se dice, un clavo
quita otro clavo ¿verdad? Pues estos fueron los días siguientes a tal calvario:

Los próximos 3 días pudimos disfrutar del mejor ciclismo de carretera.

 

https://www.strava.com/activities/1025128691

 

 

https://www.strava.com/activities/1026705784

 

 

https://www.strava.com/activities/1029810001

 

Sin duda alguna, una semana increíble, y que jamás olvidaré.

¿Cuál ha sido tu peor experiencia como ciclista? Si has llegado hasta aquí, cuéntanosla en los comentarios.

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